miércoles, 29 de agosto de 2012

Necesito este blog.

Si bien dejé de editarlo cuando mi novia Lucía supo de su existencia, todos estos meses sin la sangría que me daba el volcar palabras sin prejuicio están a punto de llevarme a la locura.

Estoy por cumplir 21 años. La adolescencia toca sus últimas notas, y me siento más inmaduro todavía que cuando promediaba los 18.

Cualquier mujer que me hubiese conocido hace un tiempo se reiría de mí.

Mi pelo ya no es caótico, como supe mantenerlo desde que salí de la primaria. Ahora es un chiste. Si en algún momento representaba de forma inconsciente mis ganas de desencajar con todo lo que hay en el mundo, en este momento es ni más ni menos que el símbolo de mi total falta de adaptación social y mi involución hacia un pre-adolescente que pasó la veintena de años.

Soy un décimo del hombre que fui alguna vez. Mi porte de velocirraptor pasó a ser el de un tricératops enfermo.

Si Abril me viera...

Es por eso que no quiso volver a verme. Su entorno está repleto de personas mil veces más interesantes que yo; que hicieron con sus vidas el tripe de lo que este estúpido que escribe pudo en casi 21 años. No se confundan. No la quiero, como en su momento. Ni siquiera tengo ganas de entablar una relación muy directa con ella. Simplemente extraño hablar y reflexionar acerca del mundo. Me interesan mucho sus opiniones, y lo único que todavía amo es cierto sector de su cerebro.

Pero cómo carajo se lo voy a explicar...

Además...

Ya todo está peor que muerto.

Frio.

Indiferente.

Al menos de su parte, un mundo mucho más interesante que el mío.

La odio.

Mucho.

Más que a nadie a quien le haya tenido cariño antes.

Creo haberla visto hace poco a la salida de un recital. Estaba con su señor de turno. Encaró para la parte alta de la cancha de River. Justo como hizo conmigo en 2007. Un calco, pintado con otros colores.

En serio, la odio.

Tengo que aprender a entender las cosas. Aceptar la realidad. Buscarme otras musas, porque lo que alguna vez fue arte hoy es un cementerio cubierto de barro. Cuanto antes lo entienda, más tiempo voy a ahorrarme. Más pronto voy a abandonar el melodrama y todo este sentimentalismo de mierda potenciado en el último año.

Quiero volver a ser yo.

El velocirraptor descarado de boina, pipa, petaca y navaja, pero más sensato, vivaz y artero que la mayoría delos que me cruzaba en el camino.

La odio.

Sobre todo porque ni siquiera ella fue la que me hizo esto.

Que alguien quiera seguir con su vida no es delito.

Hacerte sufrir tanto sí.

Pero extrañar a quien te causó tanto dolor junto es un suicidio.

No, no estoy bien de la cabeza.

Para nada.

Necesito hablar con ella. Quiero entender qué mierda es lo que me pasa.

Esta nueva temporada de "Delirante Leviatán" va a estar repleta de veneno.

Es un aviso, nomás. Para que no chillen las viejas de barrio.

En una de esas, después de chillar en el pseudoanonimato de internet, termino descubriendo por qué soy tan imbécil. Mi psicóloga aumentó la tarifa.

(Tarifa... Ni que fuera un taxi, la tipa)

En fin.

Alguien dígame quien puede ser tan infradotado como para llevarse puesta una torta así como lo hacen en el video de "November Rain". No. En serio. Tenía todo el lugar del mundo para cruzar. Y estaba escapando del agua. ¿Qué había? ¿Lluvia ácida? ¿Se le arruinaba el traje de papel maché? ¿Los estaba meando Godzilla? ¿Slash dispara vellos púbicos radiactivos en forma de rulitos voladores como los aros que usaba Xena? ¿Slash puede volar?

Descúbralo en el próximo capítulo de la concha de su madre.

miércoles, 20 de junio de 2012

Muy joven para vivir

Los años veinte -los años locos- me están arrollando.

Como cuando uno toma asiento en el tobogán de agua, y de pronto... ¡WOOSH! Así de rápido.

De pronto. En menos de dos días me eché al fondo del nido de las águilas en una vorágine de trabajo intenso y estudio que me presionan hasta extraer la última gota de voluntad. Y aunque no parezca, ya pasaron cuatro meses de ello.

Será cuestión de adaptarme, de tomarle el ritmo, o de aceptar que ya no estoy en el CBC, que ya no rindo tan bien después de salir un miércoles a la noche y colmar mi cuerpo con alucinógenos. Que tengo el trabajo que quiero, y la pareja que me gusta.

Pero tengo veintiún años, y siento que la vida se ralentiza, al mismo tiempo que me exige marchar a un ritmo tres veces más veloz. Mi sensibilidad, alguna vez sellada con cinco candados bajo un sello de odio, furia y frialdad, aflora molesta a recordarme lo que no tengo más remedio que llamar "juventud".

Y estoy cada vez más opaco. Menos sociable. Tengo cada día menos chispa, y me comporto como un neurótico obsesivo que no puede abandonar sus antiguas ambiciones. Viviendo en el pasado, encontrándose día a día con nuevas personas bajo la piel de antiguos conocidos.

Me comparo con el enorme abanico de gente que conozco, solo para sentirme un punto más formando una raya. Y un punto pequeño, hecho con lápiz. Cualquiera tiene más experiencia que yo, vago de mierda que añora la adolescencia, las noches sin dormir, el sufrimiento poético, y aquel ajedrez insano del amor no correspondido.

Es hora de que aprenda a crecer como hombre, como profesional y como académico. También como escritor, como persona, y como sujeto social. El mes que viene probablemente saque un plazo fijo. Para fin de año quién sabe cuantas páginas web habrán sida hechas por mí, y cuantos artículos haya editado, corregido o publicado.

Pero extraño la ambición desmedida del adolescente. Aquel descreimiento de la derrota, y el ser interesante, único e irrepetible ante cualquier nuevo sujeto que se me cruzara en el camino.

Tengo veintiún años.

Me siento uno más.

Insignificante.

Olvidado.

Y así empieza.

Leonardo D'agostino